viernes, 17 de junio de 2011

ELEMENTO PROTECTOR



                                                  ASESORIA DE IMAGEN PERSONAL

                                                     CRÓNICAS DE UN PELUQUERO

                                                          ELEMENTO PROTECTOR

          No es necesario ser discípulo de séneca ni haber estudiado en Salamanca para llegar a la siguiente reflexión: en algún periodo de nuestra existencia los homínidos o seres humanos de la época ni tenían ni sabían confeccionarse la más mínima indumentaria para, con ella, cubrir y proteger las distintas partes de sus cuerpos. Algo que ahora nos resulta imprescindible y de vital necesidad. Gracias a que gozaban de larga y tupida pelambrera en toda la superficie corporal se encontraban protegidos de temperaturas, lluvias y demás elementos climatológicos adversos. “Se considera que en una persona adulta el número aproximado de folículos pilosos repartidos por todo el cuerpo de forma diversa, a excepción de las palmas de las manos y las plantas de los pies, puede llegar a situarse en torno a los cinco millones, de los cuales solo en la cabeza es posible contabilizar alrededor de un millón, localizándose entre 90.000 y 130.000 en el cuero cabelludo. El pelo es una disposición a modo de filamento elástico, compuesto por una estructura queratinizada, que de manera inclinada irrumpe y traspasa la epidermis
          Es sabido que aquellos seres vivían con una racionalidad muy limitada. Cazaban para comer, dormían, procreaban y se protegían de sus depredadores en la medida que su instinto y sus posibilidades de supervivencia se lo permitían.
          Pero el proceso de evolución se ha ido desarrollando de manera lenta y compleja a lo largo de la historia, sumando, necesitando para ello miles de años hasta llegar a nuestros días y nuestro estado actual. Y como este proceso no surge de manera inmediata ni de un día para otro, en la medida que su cerebro empieza a evolucionar, evolucionan, con él, nuevas formas de vida, otras maneras de adaptarse al medio, distintas necesidades, entre ellas la necesidad imperiosa de proteger su cuerpo con algún tipo de indumentaria y, siendo consciente que desconozco el orden debió ser tanto por pudor como para librarse de los elementos. Y aunque me resulta difícil establecer una fecha, el atildar y cortar sus cabellos, por coquetería, es obvio que sería posterior a cualquiera de las causas anteriormente citadas. Aunque, por otra parte, es bien conocido que las mujeres en algún periodo de la prehistoria, omito porqué tipo de pretensión vanidosa, ya ataviaban sus toscas cabelleras con huesos de animales y plumas de diferentes tamaños y colorido.
          En este largo transcurso de prosperidad y de adaptación al medio debido, entre otras prácticas, a las distintas vestiduras o formas de proteger su cuerpo, el pelo que les recubría y protegía todo el entorno corporal fue perdiendo su cometido y por tanto la tendencia natural le lleva a desaparecer en casi su totalidad, como algo que ya no tiene sentido, no tiene función vital que realizar salvo en raras excepciones. Por este motivo, es de suponer, seguimos teniendo pelo en algunas zonas muy localizadas de nuestro cuerpo, donde aún existe, quizá, una necesidad, donde si tiene una funcionalidad como es el caso de la cabeza, pues, el cabello cumple una doble acción: protege la integridad del cráneo en cuanto a golpes y, además sirve como aislante térmico ante el riguroso calor o el implacable frío. De esta manera en las épocas estacionales, consideradas benévolas, como otoño y primavera es cuando se dan los ciclos de mayor renovación natural y podemos llegar a perder hasta el quince por ciento, del total, de nuestro cabello, por el contrario estaciones como el invierno y el verano donde las temperaturas se extreman el pelo, sin olvidarse de su función protectora, crece de modo más rápido para proteger más puesto que funciona como elemento de un mecanismo de defensa y como mucho, en ese ciclo de renovación natural, perdemos, tan solo, en torno al uno por ciento de nuestros cabellos. Pérdidas, estas, relativas ya que dependen, entre otras causas, de la cantidad que cada uno posea y de las circunstancias climatológicas que puedan tener lugar en cada etapa.
          Existe como necesidad, también, en el oído externo una zona vellosa y uno de sus primordiales cometidos es obstaculizar el acceso de mosquitos o cualquier otro insecto que por tamaño o habilidad pudiera introducirse en él e incluso hacer de la cavidad auditiva su propio lugar de residencia. El mismo sentido protector tienen los pelos en los orificios de acceso a la nariz que desempeñan funciones de filtros para evitar que sustancias o materias nocivas ajenas puedan ser ingeridas por estas vías y generar infecciones en zonas como la traquea o la laringe.
          La línea pilosa de las pestañas es una barrera de defensa ocular, impide en la mayoría de los casos, la entrada al ojo de polvo, arena o cualquier otra impureza susceptible de ocasionarle perjuicios. De la misma manera actúan las cejas que situadas en prominente relieve, entre otras funciones, realizan la labor de auténticos parasoles o la de desviar la lluvia así como el sudor que emana de nuestra frente evitando que su entrada origine daños o malestar en estos órganos.
          El vello de las axilas, areola mamaria y región anogenital, de igual modo, se supone que tuvo su cometido. En estas zonas se encuentran algunas glándulas sudoríparas apocrinas que desembocan en un folículo piloso. Dichas glándulas comienzan a funcionar durante la pubertad y cuyo control de secreción lo realizan fibras adrenercas del sistema nervioso autónomo. Su secreción es estimulada por el estrés emocional y otros factores. El sudor apocrino es un liquido turbio, lechoso de PH neutro o ligeramente alcalino, de olor característico debido a la flora bacteriana. Su función, según algunas teorías, indicó en el pasado atracción sexual. En el momento actual, debido a los distintos perfumes y desodorantes con los que olorizamos nuestros cuerpos, la peculiaridad y las características que en otros tiempos pudieran tener esos olores quedan totalmente desvirtuadas. En los animales, igualmente, juega un papel trascendental ya que a través de su sistema límbico, “instinto animal inconsciente que los humanos, también, poseemos”, localizan a los de su especie con el único objeto de la procreación y el marcaje de territorio.
          Otra teoría es que el vello pubiano custodia la temperatura en el triángulo genital y evita que entren moléculas extrañas en la vagina de la mujer, pero esta hipótesis no explicaría la existencia de bello púbico en los hombres. También, es posible que otro de sus cometidos fuera anunciar a posibles pretendientes que la persona portadora de este vello en su zona genital se encontraba dispuesta para el intercambio de sensaciones placenteras y que era sexualmente madura, preparada en todo momento para la reproducción ya que esta circunstancia se da en torno a los once años en la mujer y a los trece años en los varones, edades comprendidas dentro del periodo de la fecundidad en cualquiera de los dos géneros.
          Pero quizá todo esto, incluido este comentario, en el punto de progreso que se encuentra el ser humano pueda hallarse ahora sin razón debido a nuestra forma de vida en el presente y, todo el pelo que todavía se muestra en algunas zonas de nuestro cuerpo como nariz, oídos, pubis e incluso el de la zona de la cabeza haya perdido ya su cometido y solamente sea un recuerdo residual de lo que fuimos o de aquello que en algún momento de nuestra evolución pudimos necesitar.

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